¿Me engañaste?

Al final todo se acaba y se evapora,

y no importa la consistencia que tuviera antes.

 

Hoy estoy triste, y

¿por qué no mencionar lo que tuvimos?

Al final siempre pensamos que era especial.

Pensamos, pensábamos, pensaba.

¡Qué ingenua al no saber conjugar un verbo!

Que del plural al singular hay un trecho

que se resume en personas, en cantidad, en número.

Que pasa de dos a una como quien respira, un suspiro.

 

Pero nos equivocábamos,

es decir: me equivocaba.

Porque tú siempre supiste que la verdad conllevaría al fin.

Decidiste no ahorrarme el sufrimiento tiempo atrás.

Me querías tuya para que luego tuviera que escaparme haciéndome heridas,

como un ratón pequeño que huye de las garras del águila.

Me deje engañar por tus invenciones. Ahora dime,

¿de que valía retrasarlo?

 

Soy eso, un ratón pequeñito.

Y magullado.

No sé por donde ir porque ahora todo me queda grande.

El mundo de mi alrededor me apabulla y me confunde.

Y duele, me duele todo.

Soy un ratoncito perdido en un universo gigantesco.

 

Hoy estoy triste y por eso me acuerdo.

De las miles de caricias diarias,

de las muchas conversaciones prolongadas,

que inevitablemente han desaparecido.

Solo necesitaba respirarte para vivir, abrazarte para evitar el frío.

En noche muy largas que siempre me parecían cortas.

En días cortos que me aparentaban largos

si solo esperaba para verte.

 

Y no son más que prioridades.

Que yo lo sé, que al final todo el mundo sé que elige.

Yo nunca pensé que te elegiría, y lo hice.

Te puse el primero de la lista.

Te designe como el único, el número uno.

Me hice adicta a ti y a tu tiempo.

Primera opción un todo.

 

Yo que nunca me iba a anclar a nada, y

cuando me di cuenta ya estaba atada,

de pies y manos, y habías tirado la cuerda al mar

con un peso tan grande que tira arrastrando y me ahoga poco a poco.

Y me consume. Y me destroza.

Y créeme cuando te digo que hago fuerza para salir y salvarnos,

que no salvarme,

pero la resistencia no es suficientemente fuerte.

 

Supongo que esperaba lo mismo.

Pero porque estaba confundida con tantas ensoñaciones.

Con tantas promesas irreales, falsas.

No tenía derecho a tanta felicidad, tenía que ser mentira.

Aunque debia de ser el amor que emborrachaba

convirtiendo la verdad en fantasías,

las fantasías en ilusiones.

¡Cómo he podido estar tan ciega! ¿Cuándo me he vuelto tan necia?

 

Sí, al final, supongo que esperaba lo mismo.

Y mira que me tengo dicho que no debo esperar nada de nadie.

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